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sábado, 27 de julio de 2019

Piesligeros

El sol caía a plomo sobre la selva. El aire estaba caliente y pesado, pero la lluvia no llegaba, y los caminos estaban polvorosos. Costaba distinguir las huellas de los enemigos que corrían hacia la altura. Tauros, sin embargo, todavía los oía: los pasos pesados, atolondrados, de los hombres de Quasimor que huían de su falcata. Un giro de muñeca aliasino segaba una vida con la misma facilidad con que partía una fruta. 

Podía oler su hedor hacia adelante, y sabía que los iba alcanzando: lentos, torpes, débiles frente a las tropas del Solar. Más temprano que tarde los alcanzaría: sus pies ágiles estaban acostumbrados a correr largas leguas bajo un sol mil veces más caliente. 

Tauros respiraba pausadamente mientras sus pies patinaban suavemente por la grava suelta. Pasos suaves y ligeros, gráciles, como todos los miembros de su raza, que devoraban a zancadas el ancho mundo. Era alto, más alto que la mayoría de sus compañeros, tenía los músculos torneados y la piel suave aún. Vestía el glauco bronce de los héroes, ligeramente verdoso por el óxido que avanzaba, inevitablemente, sobre cualquier metal en la selva. Los cuernos que salían de su casco eran elevados y firmes, terminados en punta, a diferencia de la mayoría de su gente, que los tenía curvados. Él había empalado a más de un enemigo con ellos. Por supuesto, eran enemigos sin coraza alguna, apenas piel blanda y rosada, y él había tenido que entrenar mucho su cuello para tales maniobras, pues un impacto demasiado fuerte podría lesionarlo. 

Escondidos entre el esparto al costado del sendero de cabras, pudo contemplar a dos enemigos, que portaban sendos dardos, probablemente con la intención de emboscarlo. Antes de que ellos siquiera pensaran en atacarlo, saltó por los aires hacia un barranco elevado y atravesó una distancia imposible para los débiles hombres. Colgaba de apenas una mano y un pie, mientras con la otra se protegía con el escudo. Tras deflectar los proyectiles, se impulsó hacia arriba en un único movimiento. Ya les llegaría la hora a ellos también, pero su objetivo era otro: el traidor Kurete Sulo. 

Lo recordaba muy bien, de su estadía en Bariazal. Un hombretón rollizo y pesado, con la cara cubierta de marcas de viruela y un persistente olor a suciedad y sudor. Kurete representaba todo lo que Tauros odiaba de la humanidad: las imperfecciones, las manchas, el aroma, la gelatinosidad. Le incomodaban especialmente los pelos de la nariz, que se fundían desprolijamente con los bigotes, y los granos pustulentos, que le hacían recordar a los tan temidos tumores del Solar. Estos hombres horribles parecían una caricatura de sí mismos, más pequeños, más feos, del color blancuzco de los cadáveres, de extremidades pesadas y fofas. Eran más pesados y blandos, más frágiles también: sus heridas se cerraban lentamente, y se llenaban de gusanos. Ni siquiera tenían cuernos. Sus vidas eran cortas y brutales: matarlos era una obra de purificación. 

Se internó en las profundidades de las colinas, y dejó muy abajo a los emboscadores. Estaba alerta: aquí, como en el Solar, una equivocación podía matarlo. Sabía que debajo de las rocas se escondían las yararás, víboras terriblemente venenosas que podían acabar con la vida de un aliasino en cuestión de horas. Miró sus sandalias con preocupación: dejaban sus dedos demasiado expuestos. Escuchó un siseo, y saltó una vez más, pero no fue lo suficientemente rápido: la extraña víbora le hundió uno de sus dientes en la carne del pie. 

—¡Mierda! —dijo, y hendió la cabeza del animal un falcatazo. Pero ya era tarde. 

Los hombres usaban botas de cuero o gruesas telas para envolver los pies, y se internaban en las montañas donde estaban los nidos para refugiarse de los perseguidores. Conocía sus tácticas por su maestro, Seláfanos el Suave, del dominio de Kazana. “Nunca te olvides”, le había dicho, “que ellos conocen su debilidad. No los presiones de más, y mantené la cabeza clara”. Él había obedecido, pero no le parecía que los hombres fueran particularmente problemáticos. Los había muertos a decenas en el campo de batalla. La toma de Bariazal había sido tan fácil que aún sonreía al recordarla. 

Se le nubló la vista. El veneno era fuerte, y no creía que pudiera superarlo sin descansar. Necesitaba agua. Siguió corriendo un poco más, hasta que el dolor en el pie se hizo insufrible y debió parar. Haciendo un esfuerzo supremo, se subió a una roca para otear a sus alrededores: no quería que lo rodearan mientras se reponía del envenenamiento. Era difícil, porque el sudor le volvía resbalosas las manos, y tenía la pierna rígida, pero finalmente logró dar un gran salto hacia la cima. 

Desde allí se veía el enorme valle oculto donde se escondían los rebeldes. Dos grandes barrancos grisáceos, casi completamente verticales, marcaban los límites. Una cascada caía por uno de ellos, pero con el veneno le costaba mucho enfocar lo suficiente como para adivinar su tamaño. En la quebrada intermedia crecía un bosque tropical de grandes plantas de color verde brillante, hongos superlativos y gigantescas flores color violeta, que lanzaban un pútrido olor al aire. También parecía haber… ¿trigo? Cada vez le costaba más enfocar. Estaba muy mareado. Vomitó, y el hedor ácido de su estómago inundó el ambiente húmedo. Trató de levantarse para bajar, pero la pierna le falló. Tenía las manos monstruosamente hinchadas y le costaba respirar. 

Se tocó la garganta: la tenía tan inflamada como las manos. Medio desmayado, le vinieron los recuerdos a la cabeza. 

Recordaba a Seláfanos. Su maestro lo había llevado por el Solar de expedición a un Portal. Allí habían hallado un cadáver reciente: el hombre que debían encontrar. Habían temido que hubiese muerto camino al Dominio, y habían acertado. El cuerpo estaba reseco: hacía por lo menos dos días que había muerto, pero tenía un extraño tinte azulado en el rostro. Tauros había desenvainado su falcata, buscando a su agresor, mientras su maestro examinaba el cadáver. “Tranquilo”, le había dicho entonces su maestro. “Este hombre no habría muerto en combate tan fácil. Y si alguien lo hubiera asesinado, se habría llevado su plata”. Le arrojó su bolsa, en la que tintineaban las monedas. “La muerte no siempre es gloria. Muchas veces es azar y mala preparación. Vení. Mirá su cuello. Murió ahogado”. 

Tauros se despertó y quiso gritar. Los dioses aparecían en el firmamento: los heraldos de Iznas comenzaban a marcar los caminos nocturnos. Pero él no podía apreciarlo, porque se asfixiaba. Los segundos contaban; usó sus últimas reservas de fuerza para buscar su daga y clavársela en el cuello, que ya era una pelota de fluido gargantuesca, como el saco vocal de un anuro o uno de esos extraños estorel. El golpe fue preciso y apenas perforó la tráquea, pero nada más. Dedicó una plegaria silenciosa a los dioses por aquel hombre muerto en el desierto y se puso boca abajo. El líquido chorreó por la roca, y se regó de sangre el suelo. Poco después entró el ansiado aire por el tosco agujero, lo que le permitió pensar con más claridad. Sin embargo, seguía agotado y muy malherido. Necesitaba descansar para derrotar al veneno. 

A lo lejos, divisó un fuego, en el borde de la cascada. Los enemigos estarían descansando, pero no descartó que algunos lo estuvieran buscando. Y no estaba en condiciones de enfrentarlos. Apenas se podía mover, no tenía agua, y seguía muy mareado. Una tos le nació dolorosamente en la garganta, y le provocó espasmos de dolor al atravesar el agujero en el cuello, que todavía goteaba. Reptó dolorosamente hacia el suelo, y con las piernas temblorosas se arrastró hacia una pequeña cavidad iluminada por la luna, apenas un resquicio entre las paredes de piedra. Confió en que Iznas no lo llevaría a un nido de serpientes… 

Oscuras formas se agitaban en sus sueños. Su maestro, enseñándole a combatir, a mantener los pies sobre la tierra. Soldados enemigos emboscándolos. Sangre derramándose sobre un desierto salado. Grandes pájaros de alas umbrías en las desconocidas selvas del sur. Figuras armadas con arcos traicioneros. Serpientes sombrías que se enroscaban en su cuello, ahogándolo. Agua en los pies. Y vértigo, el mareo de sentirse flotando en el aire, antes de caer a la dura realidad, que le golpeaba la cabeza contra las piedras al levantarse de improviso. 

Ahogó un grito justo a tiempo: escuchó voces y pies a unos pocos pasos de su hendidura. Se detuvieron cerca de la roca donde él había agonizado y pronunciaron algunas palabras. Aprestó su cuchillo: no moriría escondido como un cobarde. Pero los pasos siguieron, y se tranquilizó. Las sombras de Iznas lo habían protegido, y habían confundido los pasos de los demás. Agradecido al dios, cerró los ojos, y se dejó llevar por el sueño. 

Los abrió con el Sol golpeándolo en el rostro. Sus manos temblaban un poco, pero habían vuelto a la normalidad. El dominio de Iznas había pasado, y era el turno de Tarmin. Dudó unos instantes antes de salir, y se concentró en cualquier ruido. No escuchó nada y salió de su refugio, temblando. Tenía sed, y apenas contaba con el rocío en las hojas. Decidió seguir los pasos de los enemigos en perfecto silencio. Las huellas se marcaban claramente entre los cantos rodados. Lo llevarían ante Kurete Sulo y su traicionero arco. 

Kurete. Masticaba la rabia aún. Él había estado con su maestro, caminando por las murallas, cuando había escuchado el chasquido de un arco y el silbido de una flecha. Seláfanos apenas había logrado mirarlo antes de caer pesadamente sobre él, con los ojos vidriosos y la boca roja. Se habían sacado los yelmos para dejar respirar a las orejas en ese clima húmedo que se les pegaba a la piel. Y la flecha había atravesado el cráneo limpiamente. La sien, reventada, había rezumado sangre roja y sesos en sus manos. Y había visto la bovina cara de Kurete detrás del arco, a cien pasos. Había jurado entonces que pagarían la ofensa, y había saltado de las murallas hacia los enemigos, reclamando su presa. Una ráfaga roja que embestía con cuernos y puños. 

Tropezó y salió de su ensoñación. Tenía la vista aún borrosa. Algunas piedras rodaron hacia abajo y cayeron por la cornisa. La herida del cuello ya se había cerrado, aunque todavía dolía. El pie aún seguía hinchado, pero la rigidez de la rodilla aflojaba. Se concentró, y fijó su aguzado olfato en el olor del humo. Necesitaba agua. Había perdido mucha con la sangre. Y necesitaba orinar para deshacerse del veneno; necesitaba alguna planta de donde beber. Recordó que en esta tierra el agua caía del cielo, y no abundaban los cactus. Buscó entonces cualquier planta con copa profunda, y encontró una zona abierta de árboles, pero llena de bromelias. Entre los nudos de hojas se acumulaban pocitos de agua hedionda. Lamió el agua podrida en cuatro patas, como un antílope, y se levantaron nubes zumbadoras de mosquitos. 

 Un chasquido familiar hacia su derecha. 

El escudo vibró cuando la flecha lo golpeó, atravesando la fina capa de bronce y la madera debajo, pero pudo detenerla. La flecha goteaba algo verde. Se hizo un bollito para cubrir todo su cuerpo, y otra flecha pasó, zumbando, adonde antes estaba su cabeza. Los disparos eran rápidos, y tenían la fuerza para atravesar un cráneo. 

—¡Ka-houni! ¡Entimayangu! —dijo la voz odiada—. ¡Ka-houni! 
—¡Vas a morir, cobarde! —respondió él, mientras por el rabillo del ojo notaba que varias figuras sombrías intentaban rodearlo. Rodó en el suelo justo antes de un nuevo chasquido, que golpeó el escudo de refilón. Las bromelias cortaban su piel allí donde la tocaban. Aprovechó el tiempo entre flechas para arrojar un dardo hacia una de las sombras que intentaban rodearlo, y culebreó hacia el arquero. Una flecha golpeó su greba, pero el impacto no fue directo, y la armadura pudo deflectarla sin mayores problemas. Escuchó un llanto desesperado de donde había lanzado el primer dardo, justo antes de otro chasquido. Esta vez usó su principal maniobra, y saltó hacia la izquierda, hecho un ovillo tras la rodela. 

El hombre que estaba allí no lo esperaba, y ni siquiera emitió un gemido cuando lo empaló con sus cuernos. Su muerte fue rápida: le reventó el corazón. 

—¡Lelotala! ¡Entimayanguna! ¡Lelotalatola angú! 
—¡Corran, perros! ¡Tarmin los busca! ¡Tarmin kai kureos! 

Nuevos chasquidos, pero esta vez tenía cobertura. Seláfanos lo había entrenado bien en los caminos del dios de los héroes. Las flechas golpeaban contra los árboles mientras Tauros zigzagueaba. Pies ligeros sobre la hierba, escudo al frente. Mantené los pies firmes, le había dicho su maestro. Los humanos abandonaron el ataque y huyeron, y aprovechó para lanzarles dardos por la espalda, aunque no consiguió alcanzarlos. Resbaló en el pasto húmedo; aún estaba un poco mareado, y cerca se oía el estruendo de la cascada. Su garganta reclamaba agua, y su vejiga estaba hinchada. Ellos corrían rápido en el denso sotobosque, estaban acostumbrados al terreno difícil. 

Respirando pesadamente se apoyó en un árbol. El pie seguía hinchado, y rezumaba pus. Antes de seguir, se echó un meo, que salió oscuro, rojizo. Esto se pone feo, pensó. Pero Tarmin le reclamaba venganza. 

Desenvainó su falcata, y avanzó cauteloso por el bosque, escuchando. Kurete estaba hablando con sus hombres en la cascada. Apenas si entendía algo de ese fangoso lenguaje selvático, pero a la velocidad a la que hablaban no podía comprender palabra. Decidió aprovechar la distracción, y se movió sigiloso por entre las matas, hasta que estuvo a una distancia segura. Tenía calor. Las chicharras zumbaban, y el olor a podrido de las gigantescas flores inundaba sus fosas nasales. Calculó matemáticamente las distancias, afirmó los pies en el suelo, y saltó varias veces entre los árboles, apoyando un pie en cada tronco para cubrir una pasmosa distancia. 

 —¡Tarmin kai kureos! 

Antes de que pudieran reaccionar, cayó sobre ellos, decapitando con un giro de muñeca al más cercano. Y allí estaba Kurete. Mantené los pies firmes, le había dicho su maestro. Su rostro bovino reflejaba terror. De un salto acabaría con él. Los otros dos sobrevivientes huían despavoridos, dejando a su jefe solo. Éste alzó su arco. 

—Tenés un tiro antes de que llegue. No falles —dijo, y sonrió. 
—No falhéu con teu maestro —respondió Kurete—. ¿Por qué falharía con vosse? 

El hombre tiró su última flecha mientras Tauros saltaba con el escudo delante. El proyectil falló largamente su objetivo, y Tauros sonrió. Su maestro se había equivocado. Se preparó para embestir con los cuernos en el aire. Sus pies ligeros le habían permitido sobrevivir. O eso pensaba, cuando Bopal metió la pata. Kurete se movió un poco, solo un poco, pero alcanzó para esquivarlo. 

Tauros trató de aterrizar, pero su pie hinchado y sudado resbaló contra los cantos rodados mojados. 

Lo último que vio antes de despeñarse fue la cara bovina de Kurete, sonriendo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Avance final de la novela: Preludio



Preludio

El fuego crepita lenta y pausadamente en el centro de nuestro Salón Común. La luna brilla consistentemente, bañando el claro con soberbia intensidad, y los millones de estrellas se ven nítidas y titilantes sobre el cielo oscuro. Hace frío, y es la primera noche clara en al menos una semana de tormenta, que ha comprometido seriamente nuestra subsistencia.
La empalizada está a medio construir. Tenemos los cimientos, y buena parte de la estructura presentada, pero sólo eso: presentada. Una buena defensa requiere algo más. Primero, materiales; en segundo lugar, pilares firmes desde donde extender las murallas; luego, construcción de las paredes; más adelante, ir colocando las torretas en los lugares estratégicos, estableciendo los puntos fuertes, y protegiendo los puntos débiles; y luego, los adornos y refuerzos. Finalmente, mantenimiento, e infinitas pruebas y revisiones. Si queremos resistir, deberemos completar la estructura. Podremos sobrevivir sin los adornos, pero no sin paredes firmes. Y los adornos nos harán la vida más fácil. Debemos perdurar aquí, y la claustrofobia nos puede atrapar, si no mantenemos el espíritu en alto.
Más tarde o más temprano vendrán los ataques. Algunos, caóticos, desordenados y descerebrados. Luego, los rabiosos, salvajes e impredecibles. Finalmente, los inteligentes, bien planificados y más peligrosos, pues buscarán diligentemente nuestros puntos débiles, los explotarán y tratarán de hacer caer la estructura.
Pero primero que nada, debemos asegurar nuestra subsistencia. Mantener en alto la moral, la disciplina y los objetivos de nuestra construcción. Una mala base, y no sobreviviremos el invierno, nos agotaremos, nos dispersaremos, y esto quedará en una eterna promesa incumplida, tal vez por última vez antes de morir, antes de que el tiempo nos arrastre por mera inercia. Para sobrevivir debemos establecernos correctamente. El lugar es muy importante; debe tener el adecuado balance entre recursos disponibles y explotación. Irnos a un lugar enteramente salvaje e inexplorado seguramente nos causaría la muerte. Debemos asegurarnos bien los suministros, las estructuras, y mantener el avance, debemos conocer tanto las posibilidades del lugar como los límites de nuestras propias habilidades y capacidades, para saber explotarlos sabiamente y no perdernos en la selva. Debemos organizarnos para no desperdiciar el esfuerzo, pues el agotamiento mismo nos llevaría al colapso total.
Una vez que aseguremos nuestra subsistencia ante el ambiente, deberemos defender nuestro lugar de amenazas externas.
Los primeros ataques se pueden resistir con cierta facilidad, y si nuestras paredes son lo suficientemente sólidas y usamos bien la cabeza, no debería haber ninguna baja, ni ningún contratiempo perceptible. Si hacemos las cosas bien, estos primeros ataques podrían no llegar nunca, pero aún de llegar, hasta podrían ser beneficiosos, pues nos levantarían la moral, nos divertirían.
Los segundos asaltos requerirán más pericia, reflejos rápidos y serenidad. Inteligencia e información, recuperación del terreno, y establecimiento de puntos fuertes bien definidos hacia donde desviarlos. Podemos vencerlos por agotamiento si mantenemos la calma y sabemos cuidar nuestras flechas, aprovechándolas al máximo. Si nos desesperamos, y no hacemos las cosas bien, perderemos todo, y no podremos sobrevivir el invierno. La estructura caerá y arderá, y nuestro brillante mundo desaparecerá para siempre. Si dejamos puntos débiles demasiado obvios, tendríamos demasiadas bajas aunque pudiéramos ganar la batalla. Un segundo o un tercer ataque de esta naturaleza nos debilitaría considerablemente, si no sabemos y no podemos rechazarlos por completo.
El tercer asalto es el más difícil de resistir, pero nos deja en una situación ambigua. Tal vez podamos persuadir a los atacantes de dejarnos en paz, o huir, y empezar de nuevo, con la experiencia acumulada por el fracaso, si sobrevivimos al invierno. El problema del tercer ataque es que probablemente desafiará nuestras mejores perspectivas, y eventualmente, podría hacer que nos arrepintiéramos de haber construido defensas en primer lugar, porque terminarían obrando en contra nuestra. Los atacantes inteligentes podrían explotar nuestras debilidades menos obvias, entrar por los costados, desarmarnos, y luego usar nuestras propias armas para perseguirnos. La sutileza, la prudencia, la agudeza mental, la disciplina y la previsión deberán obrar en nuestro favor. Pero también nuestra capacidad de improvisar, y la posibilidad de hacer una retirada aparente para volver a reclamar lo que construimos nosotros mismos. Podemos anticipar muchas cosas, pero no todo, y debemos estar preparados para todas las eventualidades. Conocer el terreno mejor que nadie, usarlo en nuestro beneficio, atacar nosotros primeros cuando percibamos la amenaza, ocultarnos, y utilizar la sorpresa. Poder sobreponernos a las bajas y al daño, y tener el tiempo a nuestro favor, no en nuestra contra.
Si logramos todo esto, luego la comunidad funcionará autónomamente. Podremos ampliarnos, y tal vez salir a explorar otros terrenos, mejores o tal vez sólo diferentes, pero podremos cubrir más territorio, y crecer. Podremos comerciar con otras comunidades fuertes, e incluso ejercer el liderazgo, si es posible y necesario. Podremos compartir el secreto de nuestro éxito, y no temer futuros ataques, aunque éstos se produzcan. Podremos trascender el tiempo, o al menos nuestra existencia inmediata, y forjarnos un futuro hoy, cuando toda esperanza parece perdida.
La labor no es fácil, pero no tenemos otra opción. Nadie vendrá a rescatarnos, no podemos confiar en que las autoridades nos salven, nos mimen y nos cuiden. En el mejor de los casos, el poder nos ignora. En el peor, nos odia, y en intermedio, nos teme. Eventualmente, ya no le tendremos miedo, pero para eso tenemos que trabajar, disciplinarnos, y armarnos. Mañana, el poder será nuestro peor enemigo. Hoy, la desesperanza y la pereza. Ayer, el hambre, que puede volver a ser nuestro enemigo. Esto no es un trabaj
La noche está llena de sonidos: insectos, pájaros nocturnos, viento, y los quejidos usuales de las noches de hoy en día. Hoy estamos en el bosque antiguo y poderoso. Detrás, a lo lejos, pero demasiado cerca en nuestro pensamiento, el desierto interminable. Mucho más atrás, la seguridad de la ciudad, que tuvimos que abandonar porque ya no podía sostenernos. Delante nuestro están las montañas bajas y suaves, cubiertas de hielo y nieve. Nuestro lugar, y nuestro futuro, están aquí. Sobreviviremos.

lunes, 29 de octubre de 2012

Avance de la nueva novela



Interludio (1)

El Sol brilla en lo alto del cielo, después de varios días de temporal. Se acerca el invierno, como una promesa de muerte prematura, y un peligro más palpable para nuestra comunidad que la muerte caminante que ronda las ciudades y campos aledaños. Hemos elegido este lugar, de inviernos difíciles y pasos peligrosos, por su relativo aislamiento y relativa disponibilidad de alimentos, pero sabemos lo complejo que será pasar los tres meses de frío e inactividad. Hoy, más que nunca, se revela la importancia de la comunidad por sobre el individuo.
Dos de los nuestros vuelven a caballo, mojados de sudor, con los arcos prestos, con cuatro perros corriendo cansados y un jabalí empalado en una vara gruesa y afilada. Lucen agotados pero felices, ya que es el tercer jabalí que cazamos en una semana. Nos preocupa el hecho de que, sin seres humanos para controlar la población, sea finalmente una amenaza mucho más seria para los bosques y la fauna local, además de haber invadido varios de nuestros cultivos. Sin embargo, son una buena fuente de alimentación. Otros dos de nuestros cazadores traen media docena de conejos, otra especie peligrosa tanto para cultivos como para la flora y fauna locales.
Sin embargo, tras el sudor y la alegría evidentes por una jornada productiva, también se hace evidente cierta preocupación en sus rostros, por no decir miedo. Algo no va como debería, o tal vez sí, pero no como nos gustaría.
-Encontramos muchas huellas de puma mientras perseguíamos una manada de ciervos colorados, y hacia el sur están desapareciendo muchas vacas y ovejas asilvestradas. No sabemos si también (ojalá) sean los pumas, que están recuperando territorio, perros salvajes o si se trasladó un grupo de muertos, o si, más peligroso aún, llegó un grupo de seres humanos.
”Si hay pumas, es relativamente fácil. Hay que cuidar a los chicos, y no dejarlos solos, porque no van a atacar a un adulto a menos que estén desesperados o protegiendo a sus cachorros. Si son perros, supongo que aún nos recordarán lo suficiente como para acercarse, y no se habrán vuelto como lobos. De última, tenemos nuestros propios animales para mantenerlos a raya.
”Si son muertos… la cosa se complica, pero al menos tenemos la certeza de que podemos acabarlos sin temor a que se reproduzcan. No creo que sea un grupo grande, o ya lo habríamos visto cuando peinamos la zona, pero aún un pequeño grupo puede meternos en problemas serios. Recomendamos, igual, que se mantengan en zonas de máxima visibilidad, y no se internen solos a los bosques. También recomendamos que, si salen de la empalizada, vayan bien armados y lleven armadura de cuero. De ser posible, a caballo.
”Si es más gente… va a ser complicado. Mejor prepararnos para un posible enfrentamiento armado, por si acaso.
Las palabras preocuparon a la comunidad. Aún no hemos terminado de preparar las defensas, y la empalizada es bastante precaria como para resistir para un asalto armado. Aún tenemos muchos medicamentos, y nuestra producción de alimentos, gracias a que una de los nuestros sabe bastante acerca de ello y puede experimentar aún más (tiene un grado universitario y dos posgrados en la materia), está teniendo un excedente, necesario para sobrevivir el invierno, pero a todas vistas insuficiente. Somos un objetivo válido para una rapiña, y no sabemos nada de cómo pueden ser los demás grupos.
No obstante, nuestra comunidad es considerablemente más fuerte que sólo un grupo de desesperados. Estamos organizados, tenemos planes, y somos numerosos. Por lejos, el grupo más numeroso de supervivientes que hemos conocido, si bien insignificante en otros tiempos. Además, conocemos el territorio, y todos estamos entrenados y experimentados en supervivencia por el largo tiempo que ha pasado desde el primer golpe. Hemos sobrevivido a una marea de muerte, y todos y cada uno de nosotros se afiló y endureció en el proceso. No somos la gente blanda y plácida que fuimos.
Nuestras manos tienen callos del arado y la pala. Nuestras piernas y brazos son músculos bien desarrollados. Tenemos la piel bronceada por el sol, los miembros ágiles, las voluntades férreas, y los espíritus maduros. Hemos atravesado un infierno para llegar aquí, y eso ha dejado marcas profundas y heridas incurables, pero podemos vivir con ello.
Nos juntamos todos, salvo los dos vigías designados a la atalaya, en la sala comunal, a comer y compartir la compañía. Por aquí y por allá, conversaciones sobre temas prácticos y no tanto. Por allí, nuestra especialista con su bebé y su hermana, charlando acerca de un nuevo procedimiento que ingeniaron para reemplazar las latas de conserva. Por allí, una mujer mayor charlando con uno de los cazadores acerca de la fabricación de vidrio. Por otro lado, un grupo de varias personas comentando el avance lento de la empalizada.
Terminamos la cena, y nos acercamos al narrador que empieza a convocarnos a todos, y vamos con instrumentos en las manos. No sabemos qué nos espera mañana, pero esta noche, tenemos la certeza de música y de una historia bien contada.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Conciencia y Voluntad

Y al final se dio... después de años y años de intentos, de ensayo y error, de trabajo continuo, se publicó por primera vez una novela mía, y con un éxito sorprendente. Conciencia y Voluntad hoy ya es un hecho literario por derecho propio, después de haberse ganado el premio Aurora Venturini, y se puede conseguir en papel, en una muy bonita edición de Editorial Píxel, a sólo $20.

Breve Sinopsis:

La vida de Pablo Astoria comienza a conocerse. Corre el año 2057, y el detective privado más loser y más políticamente comprometido llega de la siempre lluviosa Ensenada a la ciudad Imperial de La Plata a resolver un caso bastante viejo y difícil: encontrar a Franco Rocafirme, el viejo revolucionario amigo del profesor Pérez Aznar, enredándose de paso con la nieta del viejo.
 

La intención de la novela es pretenciosa: busca conjugar una verdadera facilidad y agilidad de lectura de un policial negro con técnicas, digamos, novedosas (a falta de un término mejor) de escritura, e intenta poseer varios niveles de análisis.
 

La novela esperamos que se consiga en la FLIA, y si podemos, en los centros culturales. Además, se va a vender en Videomanía en la ciudad de La Plata. Lectores extranjeros podrán enviar un mail, y pagar un envío contrareembolso a erechel_negro@hotmail.com.
 

Para bajarla, entrar acá:
http://www.mediafire.com/view/?vbkd9s999yx80u4
Suertes

domingo, 19 de octubre de 2008

Azul


Alí está ele, no mesmo lugar de sempre, sentado na areia o velho marujo mira o horizonte azul, entre a fumaça de suas baforadas, no velho cachimbo, herança do seu pai, vício adquirido com o ócio que diminui a dor.

Olhar apaixonado, a imensidão o fascina, concentra-se no que considera a comunhão secreta da vida, a união carnal entre ANU deusa celta da fertilidade e DON o deus da morte. .

Admirado, o velho filosofa, entre uma tragada e outra diz...

“DA ÁGUA VEIO A VIDA E NO CÉU ELA TERMINA, MAS NO HORIZONTE SE UNEM PARA A ETERNIDADE, PARA LÁ EU QUERO IR, QUERO A ETERNIDADE DE MORRER SEM VIVER E VIVER SEM MORRER”

Cerra os olhos entre a neblina de tabaco e o odor de fumo, e como tomado por essas sensações de liberdade,,segue, sem olhar para tras, andar sereno, direto, sem pensar, apenas seguindo seus impulsos, suas paixões, como nunca havia feito em toda sua existencia, avança pela areia macia como se tocasse o céu, o cheiro da maresia toma conta de suas narinas, suga o perfume salino, enche o pulmão ate quase estourar, ele quer tudo,

SEU PERFUME,

SEU GOSTO,

SUAS SENSAÇÕES.

Lança- se na água,

AHHH ... o primeiro toque, felicidade molhada, transcendental, ele a penetra com alegria, com delicadeza mas firme, como quem deflora uma mulher pela primeira vez,

E vai mais fundo, E MAIS! NA IMENSIDÃO UTERINA DO MAR, MERGULHA, NADA, EMBEBEDA-SE DA SUA AGUA.

Nada sem parar, para frente, para baixo, ele quer mais, quer tudo, mais profundo,

SEU AR JÁ NÃO EXISTE!

AH, a falta de ar o faz voltar no tempo, se recorda do azul, azul dos olhos dela , da paixão instantanea, ele a quis tanto... mas suas pernas não deixaram, não teve forças.

Durante anos ele a observou, durante anos sonho com ela, até o dia que a levaram, e em sua presença, foi testemunha do primeiro beijo, sofreu calado

Não pode falar, gritar, chorar... NÃO HAVIA SOM!

A dor era tanta... sentia que ia morrer sufocado, o peito explodir, mas ele não para de nadar...

ACORDA MEU VELHO!!!

Uma voz brusca desperta o velho marujo, sua embarcação, a velha cadeira de rodas, será recolhida, pela doce empregada, assim como fez sua mãe , durante toda sua existência paralitica.


Marcus Donzelli

domingo, 2 de marzo de 2008

A los dieciocho

Vacío (o tira de asado)

El Joven Sensible llegó a su hogar, luego de una agotadora jornada de trabajo. Cerró su puerta con llave, puso un CD de Tears for Fears, agarró un libro y se sentó en el puff.
-Esto es una mierda- dijo, y tiró el libro, titulado “Los Cien Pasos para Conseguir la Felicidad”, contra el equipo de música, que dejó de sonar.
Miró a través del enorme ventanal que daba al balcón de su departamento, como solía hacer cuando estaba deprimido, pero el cielo estaba despejado y la bóveda celeste se veía plagada de estrellas, como si miles de luciérnagas se hubieran quedado adheridas a un pegajoso lienzo negro.
La ausencia de una furiosa tormenta lo desanimó aún más, pero de cualquier manera no colapsó, aunque pensó que el universo aunque sea por esta vez podía estar a tono con su alma, en lugar de mostrar esa feroz indiferencia.
-Ella me querrá o alguien morirá- pensó, y agarró el revólver que escondía debajo del cómodo silloncito. Abrió la puerta, se tomó un vaso de whisky, prendió un cigarrillo y bajó por las escaleras los once pisos que lo separaban de la calle fumando. Caminó un par de cuadras y llegó al edificio donde vivía la Mujer Amada. Entró y se dirigió al
-Sexto A- le dijo al portero, cuando este abría la boca.
-Pase por el ascensor- le contestó con su más agria cara de seco de vientre.
Subió, en efecto, y llamó a la puerta. Abrió la Mujer Amada.
-Hola. Te hago una pregunta y no te jodo más: ¿me amás?
-Claro… que NO- respondió ella.
El Joven Sensible sacó su Magnum 45, apuntó a la chica, hizo un gesto de cansancio, y se voló limpiamente la tapa de los sesos, con la misma expresión desdeñosa con la que había vivido sus veinticinco años.
Ella, sin perturbarse, llamó a su novio, un policía gigantesco y prepotente, para que viniese a retirar un cuerpo que le podía causar problemas.
¿Valía la pena matarse sólo por una mujer terca? No. Pero ¿valía la pena seguir viviendo una existencia vacía, hueca, sin amor? Creo que tampoco.


viernes, 4 de enero de 2008

El Hombre de la Roca

El que un día fue un hombre más entre todos los hombres del poblado, una tarde de abril se volvió loco. Estaba ansioso de resaltar, de no ser sólo una brizna más de hierba en un campo infinito y aburrido.

Era un poco inútil: no era buen luchador, aunque se hubiese esforzado practicando. Tampoco era buen orfebre, artista ni sacerdote, como para sobresalir como lo más importante en estos rubros. Era inteligente, pero no tanto; sabía mucho, pero definitivamente no lo suficiente. Era bastante fuerte, pero realmente era un estúpido si creía que por esta causa iba a sobresalir. Había amado y perdido, pero se pueden nombrar quinientos casos más que habían pasado por semejante trance.

No.

Él quería que algo suyo fuera reconocido, durara por siempre, o al menos suficiente tiempo como para salir del montón. Para no hacer las cosas sólo porque los demás lo hacían, para repetir actos seguros. Así que un día se fue solo caminando desde el pueblo hasta la colina, a meditar. Salió temprano, tan temprano como podía siendo como era un flojo. Se levantó de la cama, se puso su mejor ropa, y se sentó en la cocina de su madre a desayunar. Ya desayunado (tenía que alimentarse bien, puesto que le esperaba una larguísima jornada), tomó el viejísimo camino hacia la colina más alta, antiguo lugar de sacrificio y culto a los dioses. A muchos dioses.

Allí llegado, se sentó en un saliente que parecía muy cómodo. Tal vez otrora fuera un banco tallado en la piedra fría, pero hoy en día solo era una superficie pulida por el viento. Allí sentado, se puso a reflexionar. El viento le golpeaba la cara, y tenía una maravillosa vista al frondoso bosque, al fantástico, vivo y verde bosque. Sonrió. Le gustaba el destino que había tomado.

Pasaron semanas. La gente lo veía, sonriente y despeinado por el viento, a veces pestañeando porque una mota de polvo se le había metido en un ojo y lo hacía lagrimear. No poca gente se preocupó, todos por motivos diferentes. La madre por la salud de su hijito “especial”, que nunca se conformaba con nada. Los amigos porque extrañaban algún rasgo particular de su persona. Ocasionalmente alguna antigua novia, porque le dolía su histeria al saber que el enamoradizo chico ya no la deseaba en lo más mínimo. Incluso el mismísimo alcalde del pueblo, por una razón extraña concerniente al turismo regional. Eventualmente fueron abandonándolo a su suerte, concluyendo en que había enloquecido, y algunos románticos y alegoristas mediocres contaban la historia del Joven que vivía en la Piedra, esperando que una bella muchacha lo salvara del castigo de los dioses por blasfemar contra ellos.

Pero nadie comprendía su propósito.

Él no dormía. Él no comía. Él no cagaba o meaba. Él ni siquiera pensaba ya. Por supuesto, tampoco moría. Él simplemente estaba allí, mirando el lago, el bosque y el pueblo. Solo.

Su piel, su carne y aún sus huesos se fueron solidificando. No perdió un gramo de nada: ni engordó, ni enflaqueció hasta el paroxismo, como podría esperarse. Sólo… se endureció. Aunque su sonrisa nunca perdió calidez, ni sus pelos al viento se quebraron o volaron. Simplemente quedaron allí, tan delicados y largos como siempre, ondulando en un viento infinito, un viento petrificado, de ausencia de tiempo. Tiempo, tiempo, tiempo…

El alcalde perdió las elecciones, y fue reemplazado. Una tarde de otoño, varios años después de que él tomara su crucial decisión, vio salir un cortejo fúnebre de la casa de su madre. Vio eventualmente morir a sus hermanos, tanto los mayores como los menores. Vio al pueblo crecer y distorsionarse en complejísimas urbanizaciones sucesivas. Pero él nunca dejó de contemplar el lago, el bosque, el antiguo pueblo ahora ciudad, ni de sonreír. Su pelo, del color de la roca granito, no se encaneció más que con la escarcha de las mañanas de invierno, derretida en los mediodías calurosos de primavera, quemada en los abrasantes veranos.

Un día, mucho, pero mucho tiempo después, cuando el alcalde ya no era ni siquiera el recuerdo del recuerdo de un recuerdo, una pequeña hoja de musgo perdió el milenario respeto que había tenido toda la vegetación para con él, y se animó a echar raíces en sus pies.

Luego, con los años, sus piernas estaban totalmente cubiertas de enredaderas, y sus finísimos cabellos se hallaban ya quebrados y hechos polvo en el suelo de otra tierra, arrastrados por el viento, el mismo viento que azotaba su rostro siempre, desde hacía tiempo, mucho tiempo, más tiempo del imaginable. El antiguo lago fue dragado en parte, y el frondoso bosque talado para hacer muebles y espacio para los muebles y los hacedores de muebles. La ciudad cambiaba y se ampliaba, o, en ocasiones, se empequeñecía.

Si uno de los modernos moradores de la ciudad intentara hablar con la roca, y la roca se molestase en escucharlo, no entendería una sola palabra.

La historia humana siguió su curso. Una mañana incluso, la roca recibió un tiro y perdió un dedo. Pero su sonrisa no disminuyó un ápice, y sus ojos no perdieron su brillo.

Hubieron enfrentamientos, la ciudad y el bosque ardieron, y el lago se secó, dejando un agujero bien visible en el suelo. Y otros moradores descubrieron las ruinas de la antigua y populosa ciudad, cientos de años después de haber sido destruida por el fuego. Y vieron la estatua de piedra, fija allí donde había estado tanto tiempo… siempre. Y la adoraron, pero no osaron invadir su santidad. Y a veces se acercaban y le hacían ofrendas.

La estatua estaba vieja. Había perdido todo rastro del brazo izquierdo, excepto una mano apoyada en una rodilla, y los pies estaban enterrados bajo una gruesa capa de tierra negra. Pero la sonrisa permanecía inmutable, y los ojos seguían contemplando la colina, las ruinas y el labrado y fértil campo que alguna vez había sido un lago hermoso y cristalino.

Y la estatua envejeció aún más. Fue perdiendo rasgos: la nariz aplastada por el viento incesante y sobrenatural, el pecho arqueado, las rodillas y las enredaderas que las habían cubierto estaban enterradas hacía eones, cuando la gente que lo había adorado pereció de hambre durante una cruda sequía. Y así se sucedieron los años, generación tras generación, pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, cultura tras cultura, hasta que la raza humana no fue más que el recuerdo de un recuerdo de un recuerdo, y más tarde ni siquiera eso. Y la roca estaba irreconocible. Sólo quedaba una somera imagen de lo que alguna vez había sido un hombre, aunque todavía sonreía, y sus ojos todavía miraban el mar, la cañada, las montañas.

Y la tierra fue pasando sus épocas. Y la vida se fue apagando en el pequeño mundo azul. Que luego fue un pequeño mundo rojo. Pero la sonrisa y los ojos seguían allí.

Pero el viento, siempre viento y siempre firme, soplando continuamente, un día desprendió la pequeña roca enterrada. Y la roca enterrada supo que era el destino de todas las rocas. Y se volvió arena, polvo y sal.

Y cuando el sol explotó, llevándose por igual viento, arena y rocas, y cuando en el vacío ya no quedaban estrellas que iluminaran la eterna noche, ni mentes que pudieran contemplar el enorme vacío y silencio, la sonrisa y los ojos, como siempre, seguían estando allí. Aunque en realidad, al revés de la humanidad, el tiempo, y la existencia, no estaban, sino que eran. Porque no había viento que se pudiera llevar lo intangible al río del tiempo del que dependía.

Esteban Ruquet