Algunas paginillas internesteantes
sábado, 27 de julio de 2019
Piesligeros
jueves, 1 de noviembre de 2012
Avance final de la novela: Preludio
lunes, 29 de octubre de 2012
Avance de la nueva novela
miércoles, 5 de mayo de 2010
Conciencia y Voluntad
Breve Sinopsis:
La vida de Pablo Astoria comienza a conocerse. Corre el año 2057, y el detective privado más loser y más políticamente comprometido llega de la siempre lluviosa Ensenada a la ciudad Imperial de La Plata a resolver un caso bastante viejo y difícil: encontrar a Franco Rocafirme, el viejo revolucionario amigo del profesor Pérez Aznar, enredándose de paso con la nieta del viejo.La intención de la novela es pretenciosa: busca conjugar una verdadera facilidad y agilidad de lectura de un policial negro con técnicas, digamos, novedosas (a falta de un término mejor) de escritura, e intenta poseer varios niveles de análisis.
La novela esperamos que se consiga en la FLIA, y si podemos, en los centros culturales. Además, se va a vender en Videomanía en la ciudad de La Plata. Lectores extranjeros podrán enviar un mail, y pagar un envío contrareembolso a erechel_negro@hotmail.com.
Para bajarla, entrar acá:
http://www.mediafire.com/view/?vbkd9s999yx80u4
Suertes
domingo, 19 de octubre de 2008
Azul

Alí está ele, no mesmo lugar de sempre, sentado na areia o velho marujo mira o horizonte azul, entre a fumaça de suas baforadas, no velho cachimbo, herança do seu pai, vício adquirido com o ócio que diminui a dor.
Olhar apaixonado, a imensidão o fascina, concentra-se no que considera a comunhão secreta da vida, a união carnal entre ANU deusa celta da fertilidade e DON o deus da morte. .
Admirado, o velho filosofa, entre uma tragada e outra diz...
“DA ÁGUA VEIO A VIDA E NO CÉU ELA TERMINA, MAS NO HORIZONTE SE UNEM PARA A ETERNIDADE, PARA LÁ EU QUERO IR, QUERO A ETERNIDADE DE MORRER SEM VIVER E VIVER SEM MORRER”
Cerra os olhos entre a neblina de tabaco e o odor de fumo, e como tomado por essas sensações de liberdade,,segue, sem olhar para tras, andar sereno, direto, sem pensar, apenas seguindo seus impulsos, suas paixões, como nunca havia feito em toda sua existencia, avança pela areia macia como se tocasse o céu, o cheiro da maresia toma conta de suas narinas, suga o perfume salino, enche o pulmão ate quase estourar, ele quer tudo,
SEU PERFUME,
SEU GOSTO,
SUAS SENSAÇÕES.
Lança- se na água,
AHHH ... o primeiro toque, felicidade molhada, transcendental, ele a penetra com alegria, com delicadeza mas firme, como quem deflora uma mulher pela primeira vez,
E vai mais fundo, E MAIS! NA IMENSIDÃO UTERINA DO MAR, MERGULHA, NADA, EMBEBEDA-SE DA SUA AGUA.
Nada sem parar, para frente, para baixo, ele quer mais, quer tudo, mais profundo,
SEU AR JÁ NÃO EXISTE!
AH, a falta de ar o faz voltar no tempo, se recorda do azul, azul dos olhos dela , da paixão instantanea, ele a quis tanto... mas suas pernas não deixaram, não teve forças.
Durante anos ele a observou, durante anos sonho com ela, até o dia que a levaram, e em sua presença, foi testemunha do primeiro beijo, sofreu calado
Não pode falar, gritar, chorar... NÃO HAVIA SOM!
A dor era tanta... sentia que ia morrer sufocado, o peito explodir, mas ele não para de nadar...
ACORDA MEU VELHO!!!
Uma voz brusca desperta o velho marujo, sua embarcação, a velha cadeira de rodas, será recolhida, pela doce empregada, assim como fez sua mãe , durante toda sua existência paralitica.
Marcus Donzelli
domingo, 2 de marzo de 2008
A los dieciocho
-Esto es una mierda- dijo, y tiró el libro, titulado “Los Cien Pasos para Conseguir la Felicidad”, contra el equipo de música, que dejó de sonar.
Miró a través del enorme ventanal que daba al balcón de su departamento, como solía hacer cuando estaba deprimido, pero el cielo estaba despejado y la bóveda celeste se veía plagada de estrellas, como si miles de luciérnagas se hubieran quedado adheridas a un pegajoso lienzo negro.
La ausencia de una furiosa tormenta lo desanimó aún más, pero de cualquier manera no colapsó, aunque pensó que el universo aunque sea por esta vez podía estar a tono con su alma, en lugar de mostrar esa feroz indiferencia.
-Ella me querrá o alguien morirá- pensó, y agarró el revólver que escondía debajo del cómodo silloncito. Abrió la puerta, se tomó un vaso de whisky, prendió un cigarrillo y bajó por las escaleras los once pisos que lo separaban de la calle fumando. Caminó un par de cuadras y llegó al edificio donde vivía la Mujer Amada. Entró y se dirigió al
-Sexto A- le dijo al portero, cuando este abría la boca.
-Pase por el ascensor- le contestó con su más agria cara de seco de vientre.
Subió, en efecto, y llamó a la puerta. Abrió la Mujer Amada.
-Hola. Te hago una pregunta y no te jodo más: ¿me amás?
-Claro… que NO- respondió ella.
El Joven Sensible sacó su Magnum 45, apuntó a la chica, hizo un gesto de cansancio, y se voló limpiamente la tapa de los sesos, con la misma expresión desdeñosa con la que había vivido sus veinticinco años.
Ella, sin perturbarse, llamó a su novio, un policía gigantesco y prepotente, para que viniese a retirar un cuerpo que le podía causar problemas.
¿Valía la pena matarse sólo por una mujer terca? No. Pero ¿valía la pena seguir viviendo una existencia vacía, hueca, sin amor? Creo que tampoco.
viernes, 4 de enero de 2008
El Hombre de la Roca
El que un día fue un hombre más entre todos los hombres del poblado, una tarde de abril se volvió loco. Estaba ansioso de resaltar, de no ser sólo una brizna más de hierba en un campo infinito y aburrido.Era un poco inútil: no era buen luchador, aunque se hubiese esforzado practicando. Tampoco era buen orfebre, artista ni sacerdote, como para sobresalir como lo más importante en estos rubros. Era inteligente, pero no tanto; sabía mucho, pero definitivamente no lo suficiente. Era bastante fuerte, pero realmente era un estúpido si creía que por esta causa iba a sobresalir. Había amado y perdido, pero se pueden nombrar quinientos casos más que habían pasado por semejante trance.
No.
Él quería que algo suyo fuera reconocido, durara por siempre, o al menos suficiente tiempo como para salir del montón. Para no hacer las cosas sólo porque los demás lo hacían, para repetir actos seguros. Así que un día se fue solo caminando desde el pueblo hasta la colina, a meditar. Salió temprano, tan temprano como podía siendo como era un flojo. Se levantó de la cama, se puso su mejor ropa, y se sentó en la cocina de su madre a desayunar. Ya desayunado (tenía que alimentarse bien, puesto que le esperaba una larguísima jornada), tomó el viejísimo camino hacia la colina más alta, antiguo lugar de sacrificio y culto a los dioses. A muchos dioses.
Allí llegado, se sentó en un saliente que parecía muy cómodo. Tal vez otrora fuera un banco tallado en la piedra fría, pero hoy en día solo era una superficie pulida por el viento. Allí sentado, se puso a reflexionar. El viento le golpeaba la cara, y tenía una maravillosa vista al frondoso bosque, al fantástico, vivo y verde bosque. Sonrió. Le gustaba el destino que había tomado.
Pasaron semanas. La gente lo veía, sonriente y despeinado por el viento, a veces pestañeando porque una mota de polvo se le había metido en un ojo y lo hacía lagrimear. No poca gente se preocupó, todos por motivos diferentes. La madre por la salud de su hijito “especial”, que nunca se conformaba con nada. Los amigos porque extrañaban algún rasgo particular de su persona. Ocasionalmente alguna antigua novia, porque le dolía su histeria al saber que el enamoradizo chico ya no la deseaba en lo más mínimo. Incluso el mismísimo alcalde del pueblo, por una razón extraña concerniente al turismo regional. Eventualmente fueron abandonándolo a su suerte, concluyendo en que había enloquecido, y algunos románticos y alegoristas mediocres contaban la historia del Joven que vivía en
Pero nadie comprendía su propósito.
Él no dormía. Él no comía. Él no cagaba o meaba. Él ni siquiera pensaba ya. Por supuesto, tampoco moría. Él simplemente estaba allí, mirando el lago, el bosque y el pueblo. Solo.
Su piel, su carne y aún sus huesos se fueron solidificando. No perdió un gramo de nada: ni engordó, ni enflaqueció hasta el paroxismo, como podría esperarse. Sólo… se endureció. Aunque su sonrisa nunca perdió calidez, ni sus pelos al viento se quebraron o volaron. Simplemente quedaron allí, tan delicados y largos como siempre, ondulando en un viento infinito, un viento petrificado, de ausencia de tiempo. Tiempo, tiempo, tiempo…
El alcalde perdió las elecciones, y fue reemplazado. Una tarde de otoño, varios años después de que él tomara su crucial decisión, vio salir un cortejo fúnebre de la casa de su madre. Vio eventualmente morir a sus hermanos, tanto los mayores como los menores. Vio al pueblo crecer y distorsionarse en complejísimas urbanizaciones sucesivas. Pero él nunca dejó de contemplar el lago, el bosque, el antiguo pueblo ahora ciudad, ni de sonreír. Su pelo, del color de la roca granito, no se encaneció más que con la escarcha de las mañanas de invierno, derretida en los mediodías calurosos de primavera, quemada en los abrasantes veranos.
Un día, mucho, pero mucho tiempo después, cuando el alcalde ya no era ni siquiera el recuerdo del recuerdo de un recuerdo, una pequeña hoja de musgo perdió el milenario respeto que había tenido toda la vegetación para con él, y se animó a echar raíces en sus pies.
Luego, con los años, sus piernas estaban totalmente cubiertas de enredaderas, y sus finísimos cabellos se hallaban ya quebrados y hechos polvo en el suelo de otra tierra, arrastrados por el viento, el mismo viento que azotaba su rostro siempre, desde hacía tiempo, mucho tiempo, más tiempo del imaginable. El antiguo lago fue dragado en parte, y el frondoso bosque talado para hacer muebles y espacio para los muebles y los hacedores de muebles. La ciudad cambiaba y se ampliaba, o, en ocasiones, se empequeñecía.
Si uno de los modernos moradores de la ciudad intentara hablar con la roca, y la roca se molestase en escucharlo, no entendería una sola palabra.
La historia humana siguió su curso. Una mañana incluso, la roca recibió un tiro y perdió un dedo. Pero su sonrisa no disminuyó un ápice, y sus ojos no perdieron su brillo.
Hubieron enfrentamientos, la ciudad y el bosque ardieron, y el lago se secó, dejando un agujero bien visible en el suelo. Y otros moradores descubrieron las ruinas de la antigua y populosa ciudad, cientos de años después de haber sido destruida por el fuego. Y vieron la estatua de piedra, fija allí donde había estado tanto tiempo… siempre. Y la adoraron, pero no osaron invadir su santidad. Y a veces se acercaban y le hacían ofrendas.
La estatua estaba vieja. Había perdido todo rastro del brazo izquierdo, excepto una mano apoyada en una rodilla, y los pies estaban enterrados bajo una gruesa capa de tierra negra. Pero la sonrisa permanecía inmutable, y los ojos seguían contemplando la colina, las ruinas y el labrado y fértil campo que alguna vez había sido un lago hermoso y cristalino.
Y la estatua envejeció aún más. Fue perdiendo rasgos: la nariz aplastada por el viento incesante y sobrenatural, el pecho arqueado, las rodillas y las enredaderas que las habían cubierto estaban enterradas hacía eones, cuando la gente que lo había adorado pereció de hambre durante una cruda sequía. Y así se sucedieron los años, generación tras generación, pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, cultura tras cultura, hasta que la raza humana no fue más que el recuerdo de un recuerdo de un recuerdo, y más tarde ni siquiera eso. Y la roca estaba irreconocible. Sólo quedaba una somera imagen de lo que alguna vez había sido un hombre, aunque todavía sonreía, y sus ojos todavía miraban el mar, la cañada, las montañas.
Y la tierra fue pasando sus épocas. Y la vida se fue apagando en el pequeño mundo azul. Que luego fue un pequeño mundo rojo. Pero la sonrisa y los ojos seguían allí.
Pero el viento, siempre viento y siempre firme, soplando continuamente, un día desprendió la pequeña roca enterrada. Y la roca enterrada supo que era el destino de todas las rocas. Y se volvió arena, polvo y sal.
Y cuando el sol explotó, llevándose por igual viento, arena y rocas, y cuando en el vacío ya no quedaban estrellas que iluminaran la eterna noche, ni mentes que pudieran contemplar el enorme vacío y silencio, la sonrisa y los ojos, como siempre, seguían estando allí. Aunque en realidad, al revés de la humanidad, el tiempo, y la existencia, no estaban, sino que eran. Porque no había viento que se pudiera llevar lo intangible al río del tiempo del que dependía.
Esteban Ruquet

