lunes, 29 de febrero de 2016

Los Estados Privados



Uno de los mitos más difundidos en la Torre Oscura (además del falso patriotismo teñido de tilinguería) es el hecho de que un empresario necesariamente va a gobernar bien el país porque "sabe manejar" una empresa.
Esto es falso por varias razones, pero vamos a darles las principales. Aun si el estado nacional se manejara como una empresa, la lógica de poner un presidente corporativo es intrínsecamente fallida. Vamos por partes.
Según el Manual de Formación Política del Ministerio del Interior, el Estado es: "una forma particular de ordenamiento político sobre cuya base se estructuran las relaciones sociales."
Cabe aclarar que las decisiones económicas y de ordenamiento social son políticas por naturaleza, porque la política es concretamente la lógica de las interacciones sociales en un marco determinado. Bajo esta óptica, podríamos bien articular dos tipos de Estado diferentes en la actualidad: los Estados Públicos (o Nacionales) y los Estados Privados. Estos últimos tienen una larga tradición, aunque por el momento suenan como una suerte de novedad: no son más que los estados feudales de antaño, en los cuales una familia ejercía su derecho privado por sobre una parcela de territorio y de gente.
Técnicamente, en la Edad Media la servidumbre no era obligatoria: era un contrato, el llamado "Contrato Feudal" según el cual el Señor le otorgaba tierras para trabajar a sus vasallos y ellos le tenían que rendir cuentas (al individuo concreto, no a una causa nacional), ya fuera mediante las armas o mediante un diezmo o tributo. El territorio en sí pertenecía a unas pocas familias, que podían delegar funciones en otras, y nadie estaba "obligado" a trabajar para un señor u otro (como un esclavo, por ejemplo).
Teóricamente, el campesino o caballero en la sociedad feudal podía irse de los terrenos de su Señor, y no trabajar más para él. Pero en los hechos, la realidad era diferente: los viajes eran complicados, y los peligros de los caminos ni siquiera eran la principal de las preocupaciones, sino el hambre. La pura supervivencia de un campesino dependía del contrato feudal, y muchos más eran amenazados desde lo espiritual. La misma tradición o costumbre también eran formas de paralización social: ¿Cómo iba a viajar fuera de las tierras de su señor un campesino, si fuera de ellas ni siquiera se hablaba su idioma? Un caballero o un noble tenían más libertad de elección, pero eventualmente trabajarían para alguien o morirían de hambre literalmente, o asediados por sus enemigos.
La burguesía cambió las cosas, ya que advirtió las injusticias de este tipo de sociedad, y adquirió el poder necesario para organizar revueltas populares, atrapando a las masas con su retórica y sus promesas de progreso social. Es decir, puso en el candelero las necesidades, la historia y la cultura del colectivo social. Estas serían las bases de los actuales Estados Nacionales. En este marco surgirían Hobbes y su teoría del Contrato Social, y el movimiento nacionalista más importante del período sería la Revolución Francesa, que destronaría al Estado feudal por el Estado Nacional. Napoleón y su ejército llevarían esta idea por toda Europa y demostrarían la potencia de la idea, y las sucesivas revoluciones americanas serían sus hijas.
Si bien muchos dentro de la burguesía creyeron en los Estados Nacionales, rápidamente tratarían de apropiárselos y volverlos funcionales a sus intereses particulares, haciéndolos entrar en crisis en numerosas ocasiones. Traiciones como el fusilamiento de Dorrego o la defensa de Sarmiento del bloqueo anglo-francés frente a la incipiente integración del antiguo Virreinato en una nueva República serían testigos de cómo una clase acomodada intentó excluir al elemento nacional del Estado, vinculándose a una idea abstracta con poco asidero. Con esta debilidad congénita se parirían los Estados sudamericanos: una élite intentaba, como en la Edad Media, volver privados a los Estados Nacionales. Lo público, para esta gente, tenía “olor a grasa” y era “color negro”. Con esas ideas en mente generaron la falsa dicotomía entre civilización y barbarie, como pretexto para poner un freno al poder popular, y organizaron revueltas y dictaduras funcionales a sus intereses. Así, para la famosa “oligarquía”, el Estado debía ser funcional a sus intereses… o nulo. ¿La excusa? El autoritarismo de las figuras de poder popular.
Pero el Estado nacional, como forma de organización política de masas, sobrevivió pese a todo, porque funcionaba como una herramienta histórica para necesidades preexistentes: es, en términos ideales, una organización política de carácter transversal de estatus legal. Sería la única forma de organización efectiva de una sociedad en su conjunto más allá de los intereses sectoriales (como sería un partido, un sindicato o un gremio). Eso sí: en un Estado democrático, cada sector tendrá su representación a partir de estos elementos.
Sin embargo, en algún punto del desarrollo capitalista, las clases altas comenzaron a generar sus propios Estados dentro del Estado: las empresas y corporaciones. En términos estrictos, los “dueños” de las empresas, figuras que en su momento eran públicas pero que en la actualidad suelen esconderse bajo el genérico nombre de “accionistas” o “inversores”, se aseguraron de tener poder político y financiero. Desde un punto de vista técnico, las empresas y las corporaciones no dejan de ser Estados: se trata de organizaciones sociales de carácter político (reglas internas y jerarquías) y económico (especialmente las grandes empresas, cuya función es expandirse y absorber empresas menores), con territorios propios (sus sedes y terrenos privados), culturas (“valores” de una empresa, propagandísticamente reproducidos en el entorno social) y población en distintos grados de lealtad en sus frentes. Incluso tienen sus propios aparatos de seguridad (cuando no están tercerizados).
Pero son Estados totalitarios: desafiarlos desde adentro implica lo mismo que salir del servicio en la Edad Media, el peligro es morirse de hambre. Desobediencia implica eliminación por descarte, uno es “exiliado” de la empresa. Esto se revela particularmente nocivo en empresas que acaparan monopólicamente grandes sectores de la producción en un territorio determinado, por ejemplo en comunicaciones. Un “periodista independiente” no tiene absolutamente nada que hacer dentro de una empresa como el Grupo Clarín, y cualquiera que no reproduzca su ideología y su discurso será expulsado e infamado públicamente, y sus posibilidades laborales y, por lo tanto, de supervivencia, serán coartadas. Al menos en la Edad Media se ofrecía protección, y el tributo era menor que la plusvalía actual (representaba aproximadamente el 10% de la producción de un campesino).
Los Estados Privados requieren lealtad absoluta, pero a cambio de nada. Sólo deben rendir cuentas a sus “mesas chicas”: los accionistas anónimos. Los CEO, sus empleados, son las figuras públicas, los “dirigentes” (entendidos como la persona histórica que encarna los intereses del colectivo) de las corporaciones. Cuando ya no sirven, se los expulsa, o se los degrada a una posición aún más subordinada, oscura. Y no nos engañemos: son verticalistas y feudales, sus posiciones son hereditarias. Son sólo personas de excepción las que pueden aspirar a ocupar un lugar en las mesas chicas viniendo desde abajo, y no necesariamente por ser los mejores, sino por aprovechar el momento justo en el lugar justo. No hay nada, absolutamente nada democrático en un Estado Privado.
Y en algún punto, estos Estados privados comenzaron a competir con los Estados públicos por las mismas razones que cualquier Estado compite: territorio, poder (traducido en dinero) y soberanía. Si el Estado Público crece, los Estados Privados pierden poder y soberanía, deben subsumirse a una legislación que no les conviene (en términos absolutos, en términos relativos sí puede convenirles, sobre todo cuando ellos tienen las riendas) y respetar los marcos legales correspondientes. Es decir, pasan a una posición subordinada frente a él. Cuando los Estados privados logran colar a un empleado suyo en los Estados Públicos, le hacen notar rápidamente que la suya es una “posición menor” (como dijo Magnetto de la Presidencia de la Nación). No es difícil tampoco entender, bajo esta óptica, por qué defienden tan férreamente la propiedad privada (“nadie puede decirme qué hago yo con mis empresas -heredadas-“): es el principio de soberanía. Si un Estado nacional tiene poder suficiente como para disponer de una propiedad cuando la necesita, tiene derecho a meterse en las “fronteras” de un Estado privado y poner en peligro su autodeterminación. El problema es que la inversa también es cierta: si permitimos que los Estados privados entren y gestionen los espacios públicos, éstos pierden soberanía.
Otro elemento a tener en cuenta es que a las corporaciones no les conviene que un Estado público sea productor. No existe un argumento real por el cual una empresa estatal sea concesionada al sector privado: rara vez las primeras invierten nada en las segundas, sólo gestionan sus ganancias. La inversión siempre corre a manos del Estado nacional (un ejemplo concreto de esto serían YPF y Aerolíneas en los ‘90: toda la inversión fue un esfuerzo público, pero las ganancias y el derecho de explotación fueron al sector privado). Y la gestión de las empresas no es “más eficiente” en manos privadas: todo lo contrario. A las empresas privadas lo único que les importa es mantenerse lo suficientemente competitivas como para que su dominio no peligre, pero no es la eficiencia de producción lo que las guía, sino la eficiencia de la ganancia. En este sentido, si pueden ganar lo mismo produciendo menos, lo harán, generando desabastecimiento y controlando la oferta (y por lo tanto los precios).
En este sentido, jamás de los jamases un presidente empresario manejará a la Argentina como si fuera una empresa. Sería un contrasentido, porque pondría en peligro la lealtad hacia el Estado en que tiene la mayor lealtad: el suyo. Si realmente manejara un Estado como una empresa, la “Mesa chica”, es decir los accionistas, se convertirían en una “mesa grande”: el pueblo. Toda la plusvalía iría directamente a parar a manos del pueblo, incrementando su eficiencia de producción y la inversión en el Estado público, y reduciendo el margen de ganancias de las empresas, y eventualmente adquiriéndolas.
Y eso sería el comunismo.

jueves, 7 de enero de 2016

División Argentina

Señores, para el primer post de la nueva columna política voy a hacer algo que debí hacer hace ya un buen tiempo.

Uno de los principales "argumentos" que esgrimen muchos de los anti-k (curiosa denominación, por otro lado) es decir que los Kirchner generaron la división social. Más allá de que no es un argumento, sino una sentencia repetida tantas veces que mucha gente la da por cierta, porque jamás se dio un motivo específico o una medida específica de gobierno que "generara" la división social (pongámosle, como si de repente Argentina aboliera la propiedad privada), en realidad decir que Cristina generó la división social en Argentina es como decir que Estados Unidos inventó la guerra.

No, bajo ningún punto de vista. Sólo basta leer historia argentina un poco para darse cuenta que la división social es una característica recurrente en la Argentina desde su misma aparición en escena.

La división social en Argentina existe desde la Primera Junta, y pasó por todos los regímenes políticos, tanto de izquierda como de derecha, y con todos los grados de intensidad posibles. Baste recordar ahora la lucha violenta entre unitarios y federales, que dividió literalmente al país durante 50 años en el XIX, o entre conservadores y radicales a fines del XIX, o entre inmigrantes y "nativos" a principios del S. XX, o entre militares y demócratas desde el 30 en adelante, peronistas y radicales desde el '47, milicos y rebeldes desde el '55 hasta el '89 (con los carapintadas), menemistas y antimenemistas en los '90, neoliberales y antiliberales a partir del 2001, etcétera.

Por otro lado, asegurar que la "división", así como se la llama, la generó el gobierno en sí es como echarle la culpa de una violación a la víctima: a ningún gobierno le conviene una sociedad polarizada, porque eso te pone una fecha de vencimiento. Esto se ha dicho incontables veces, pero cualquier política que roce al establishment genera una reacción violenta por parte de los grupos de poder, que, usualmente peleados entre sí, se vinculan para atacar con virulencia a cualquier gobierno moderadamente popular. Baste mirar cualquier tapa de Clarín o La Nación para notar lo que pasa.

Lo que pasó en los últimos años es que se evidenció el conflicto social preexistente en la Argentina, porque, como con el peronismo clásico, mucha gente apoyó a un gobierno que consideró como propio, y no un mero avatar de los poderes coloniales. Si el gobierno fue realmente honesto, productivo, etcétera, eso ya se deja a criterio de cada uno, pero es innegable que el gobierno anterior se ganó la lealtad de una gran parte de la población, y eso generó ondas profundas en el estanque, ondas visibles desde la superficie mediática.

¿Podríamos decir que el gobierno anterior vivió durante una época en que se evidenciaba una clara división social? Sí, sin duda. ¿El gobierno anterior hizo ALGO para paliar esta división? No me consta. Pero tampoco me consta lo opuesto.

Cualquier medida que se tome, y que sea mínimamente relevante para el destino de un país va a generar rechazo de parte de muchos sectores sociales, ya sea esta medida progresista o conservadora. Afortunadamente podíamos, en el gobierno anterior, expresar nuestro rechazo de mil formas diferentes, y podíamos contar con medios que adoptaran cualquier postura, SIN MIEDO A REPRESALIAS por parte del gobierno. Aún con sus deudas pendientes (caso Mariano Ferreyra, que no fue baleado por la policía dicho sea de paso, si no por el gremio ferroviario).

Este gobierno YA tomó medidas en contra de los que hablan mal de ellos. Despidos masivos, cierre de programas de alto raiting, hackeo de la página web de Página 12 (está bien, podemos decir que no fue una medida de gobierno explícita, pero fue un ataque organizado a un medio opositor) y baleo a manifestantes (que SE HABÍAN MANIFESTADO TAMBIÉN CONTRA EL GOBIERNO ANTERIOR, pero sin balas).

Combatir la "división social" (gente, todas las sociedades son conflictivas) es complejísimo. Una de las formas de amortiguarla, por derecha, es aniquilarla por las armas, silenciarla mediáticamente, demonizarla. Fue lo que hicieron las sucesivas dictaduras militares. O algunos regímenes comunistas, llegado el caso. Una forma, digamos por izquierda, de combatir la división social es no hacer nada. Pero nada de nada, nada que pueda resultar mínimamente conflictivo: y esto es un quilombo, nadie puede moverse sin que a alguien le moleste. La otra es moderar, ser extremadamente diplomáticos, cosa también sumamente difícil. El gobierno anterior no hizo ninguna de las tres. Pero, sin duda, hizo muchas cosas, tomó muchísimas medidas, controvertidas, si se quiere, pero que en la mayoría de los casos funcionaron..

Este... parece que quiere acallar la disidencia a balazos y censura. Por suerte, existe internet.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Carta Abierta a la Dra. Cristina Fernández de Kirchner



Dra. Cristina Fernández de Kirchner
Presidenta de la República Argentina

     Estimada señora presidenta,
soy uno más de los millones de argentinos a los que usted gobierna. Mi nombre es Esteban Ruquet, tengo treinta y un años, y soy profesor de Literatura en escuelas secundarias públicas de la Provincia de Buenos Aires y de la Capital Federal. Como usted, soy platense y, también como usted, estudié en la UNLP. Soy un producto de la Educación menemista, del modelo neoliberal del Banco Mundial y el FMI, pero trabajo arduamente para que mis estudiantes no tengan el mismo tipo de educación que se impuso en mi generación: despolitizada, apática, excluyente.

Yo tuve la suerte de que mi madre haya sido de una gran lucidez, y nos haya inculcado a mi hermano y a mí el compromiso político necesario para intentar cambiar las cosas, aún desde nuestro pequeño lugar, por lo que desde la secundaria siempre estuvimos intentando ayudar a nuestros compañeros desfavorecidos, en nuestro caso intentando con escaso éxito remontar un inexistente Centro de Estudiantes, y conformándonos con al menos pagarles los boletos a los compañeros que no tenían dinero. Él también es docente secundario, pero de Biología, y también pertenece a la misma Universidad.


Sé que no soy nadie importante. Uno más de los miles de docentes jóvenes en la misma situación, todos con el compromiso explícito de intentar cambiar la realidad. Nunca milité en ningún partido, a pesar de mis ideas ligadas a la izquierda y el socialismo, fundamentalmente porque nunca me sentí identificado con ninguno. Aún hoy, a pesar de mi enorme compromiso político por mejorar la educación pública, sigo sin estar afiliado ni agremiado partidariamente. Pero siento el enorme impulso de escribirle, con la esperanza de que esta carta llegue a sus manos, y si tiene a bien, contestarme.
  

Mi primera razón para escribirle, es para darle fuerza. Debo decirle que nunca voté ni por usted ni por Néstor. Arranqué a votar justamente cuando él asumió, y lo cierto es que no sabía quiénes eran, pero lo hubiera votado en la segunda instancia. Sin embargo, una de las principales razones por las cuales empecé a cobrarles simpatía fue por su oposición, y porque veía los argumentos de quienes estaban en su contra como nefastos en el mejor de los casos. Déjeme decirle que influyó mucho en mis votos saber desde dónde venían: el duhaldismo, el menemismo, y eso siempre me molestó. Todavía no comprendía bien el peronismo.

Pero los argumentos de quienes están en contra de usted (principalmente) siempre me parecieron aborrecibles: la chicana barata, el odio desmesurado, el desprecio ante su condición de mujer como si eso fuese algo significativo. Vi el desmesurado odio de la clase media aspiracional hacia las clases bajas, el miedo a las villas transformado en un clasismo despreciable y horroroso del que piensa que “son todos chorros”, sin conocer el asunto.
     
Doy clases en Villa Catella, y conozco la mano. Sé que el villero es fundamentalmente el laburante, el obrero, la mano de obra barata de aquellos mismos que los desprecian y los tratan de vagos mantenidos por el estado, cuando no de delincuentes. Esas mismas personas son las que la atacan por ser mujer. Esas mismas personas a las que les molesta que sus políticas sean inclusivas, que odian la Asignación Universal por su carácter redistributivo, que le temen al color de la piel. En Catella vi con mis propios ojos la utilidad de la misma: chicas que eran madres a los quince años terminando el colegio. Chicos villeros creciendo para volverse bomberos, para salvarle la vida a las mismas personas que los desprecian. Una oportunidad para mejorar.

Son la ignorancia y el odio los que hablan del otro lado, pero creo que usted ya lo sabe. Aunque no la haya votado, Presidenta, sepa que estoy con usted. Que la defiendo siempre que puedo frente al odio y la estupidez, desde el diálogo y desde la enseñanza.

Esto me lleva al segundo motivo y es que estoy preocupado. Aunque nunca la haya votado, lo cierto es que siempre me sentí seguro cuando ustedes estuvieron en el gobierno. Durante sus gobiernos estudié, trabajé, me casé, y fue concebido mi primer hijo, que nació en agosto. Pero estoy preocupado, porque el odio, la ignorancia y la pelea incesante que contra su proyecto han emitido los medios, hoy tienen una herramienta, y es que su gobierno se acaba. Los candidatos favoritos me dan miedo.
Y es que representan a esa oposición de la que hablamos antes. Representan a los grupos privilegiados, a los núcleos de poder fáctico, a aquellos que odian cualquier tipo de integración latinoamericana. Y este es otro de los puntos que me llevaron hacia simpatizar con su gobierno: el acercamiento real a los países sudamericanos y latinoamericanos, su coraje para enfrentar y poner freno a la potencia imperial norteamericana, hacia el neoliberalismo capitalista del Banco Mundial y el FMI, hacia la “fina Europa”, que nos ve a los latinoamericanos como populistas colonizados, y que nos tratan como muchos de nuestros compatriotas a nuestros países hermanos: con desprecio, con odio, con miedo.

Tengo miedo por el proyecto continental. Tengo miedo de que quien continúe en el gobierno ponga un freno a la integración regional, y se baje los pantalones frente al poder internacional. Tengo miedo de que se alejen de los Correa, los Maduro, los Rousseff, los Morales y los Castro, y vayan a golpearles la puerta sumisamente a los Obama y los Merkel, a los poderes financieros, y al pensamiento imperialista, y vendan la Argentina al mejor postor.

Por todo esto tengo miedo por el futuro, un futuro en el que crecerá mi hijo. No quiero que él tenga la misma infancia que yo, no quiero que pase la infancia en una Argentina apática, apolítica, colonizada. Quiero que tenga un futuro brillante, un futuro como el que pareció vislumbrarse desde su gobierno. Quiero que no se avergüence de ir a una escuela pública, ni que esté en desventaja con respecto a nadie. Quiero que tal vez él pueda cumplir mi viejo y ya casi abandonado sueño infantil de ser presidente. No quiero que miremos al pasado y su gestión como una época dorada en la cual, con todos sus problemas, la Argentina miraba para adelante. Quiero que el período que compartieron con Néstor no sea otra cosa que un inicio, el principio de una Argentina fuerte, independiente e integrada a la Patria Grande que defendía Ugarte.

Finalmente, estaba impulsado a escribirle para darle las gracias. Darle las gracias por muchas cosas, pero sobre todo por demostrarme con argumentos que estaba equivocado. Gracias a usted por hacerme ilusionar con una Argentina distinta, y permitirme vivir en ella. Gracias por incluir a mis amigos homosexuales y transgénero en la plenitud de derechos progresivos a las que se vieron sujetos durante este gobierno. Gracias, y discúlpeme por estas palabras malsonantes pero no puedo permitirme eufemismos en este tema, gracias por poner en cana a los milicos genocidas, esas mierdas humanas que masacraron y torturaron a sueldo de los mismos poderes que usted combatió. Gracias por Latinoamérica unida. Gracias por revivir la política y la discusión, porque aunque no acuerde con todas las políticas que ha tomado, sí puedo decirlo en voz alta, y puedo defender también lo que considero que ha hecho bien. Gracias por permitirle a muchos amigos míos conseguir trabajos dignos y en blanco, aun cuando no la conocen y en muchos casos no lo aprecian.

Recuerdo mi adolescencia. Recuerdo mi época universitaria, cuando yo era el único de mis amigos que tenía un trabajo medio digno. Recuerdo tener que ir a comer a la casa de un amigo para que éste pudiera tener un poco de comida en la mesa, porque a pesar de haber terminado el secundario a los 18 años, no podía conseguir ningún trabajo. Ese amigo mío hoy tiene casa propia en La Plata, y es un trabajador industrial. Le doy las gracias por él, porque él nunca se las dará.

Gracias también por la cultura y la memoria. Por modernizar las bibliotecas escolares con las que trabajo, por generar las mismas escuelas en las que trabajo, que antes no existían, y que le permite a los pibes tener un mejor futuro. Gracias por permitirme darme el lujo de renunciar a un trabajo que no me satisfacía y permitirme trabajar de mi vocación, que es la docencia. Podría seguir dándole las gracias eternamente por la enorme cantidad de aciertos que tuvo el gobierno, pero me voy a contentar con uno: gracias por demostrar que su poder tiene límites. Que uno puede oponérseles a los poderosos y salir airoso. Que ningún medio ni poder financiero puede tirar abajo un gobierno democrático, popular e inclusivo. Gracias por sentar el precedente, y hacerme pensar que un futuro mejor es posible.

Queda mucho aún por hacer. El poder financiero aún está lejos de ser vencido, y la desigualdad aún existe en el mundo. Pero le estamos dando pelea desde todos lados. Como le he dicho antes, no soy nadie importante en mí mismo. Soy apenas un docente joven que trata de educar a unos sesenta pibes por año, desde mi pequeño espacio escolar: no tengo poder real, ni me sobra el dinero, ni tengo el suficiente capital cultural como para que mi voz sea oída más lejos que mi entorno inmediato, pero con eso solo, usted me hizo sentir importante. Me hizo sentir parte de un colectivo mucho más grande, interminable, de gente que quiere lo mejor para el país. Y que mis sesenta pibes por año no están solos, sino que tienen muchos compañeros en la misma situación. Y que uno de mis principales aliados, un ejemplo de lucha a seguir, fue alguien a quien no voté, y con quien no contaba, pero a quien no puedo concebir fuera del gobierno sin miedo por el futuro.

Porque cuando hay esperanza, hay miedo de que esa esperanza se acabe. Porque cuando uno quiere a alguien, lo que teme es que se vaya. Y aunque no sea una persona individualmente importante, mi principal compañera aún hoy es presidente de la República que tanto orgullo y tanta tristeza me da, pero ya no vergüenza. Fuerza, presidenta, que la admiro infinitamente, y quédese tranquila, que lo que han iniciado va a ser muy difícil de parar, porque gente como yo va a pelearla con uñas y dientes para que no se acabe. Gracias, compañera Cristina, de mi parte y de la de Nicolás. En él está la llave del futuro del país, y fue concebido durante su gobierno, y voy a hacer todo lo posible para que la recuerde a usted, y porque conozca lo que hizo Néstor también.


Un fuerte abrazo

 Esteban Ruquet
DNI 31.073912
Buenos Aires, 26 de Octubre de 2015

sábado, 30 de mayo de 2015

El Otro Ooo

Una referencia rolera...
Les dejo aquí un link a la revista Luthor, donde participo con cierta frecuencia (espero que la próxima vez sea para el próximo número). En este caso, es un trabajo acerca de Adventure Time, y la estructura de los Universos Ficcionales, categoría teórica de mi adquisición con la cual lo vinculo.

El artículo: 
http://revistaluthor.com.ar/spip.php?article113

lunes, 9 de marzo de 2015

La fetichización de la Crisis Argentina.

Ok. Después de ver Relatos Salvajes y de ver algunas de las entrevistas realizadas a Szifrón y su elenco, quiero hacer una serie de observaciones:
1) La película es fantástica. Es divertida, oscura y bastante universal. Habla de reacciones excesivas a situaciones degradantes en todos los casos.
2) Odié, ODIÉ a muchos entrevistadores y comentaristas, sobre todo aquellos condescendientes con "Oh, ¿esta película refleja la actualidad de la sociedad argentina? y cosas semejantes. Y ahí está mi descargo: en lo que denominaría la "fetichización de la Argentina en crisis". Cosa que podría llevarse a un punto mucho más general, y sería la mirada condescendiente del mal llamado "primer mundo" hacia Latinoamérica en general.
Claro, la sociedad argentina es una sociedad violenta, clasista y moderadamente corrupta. Ahora, ¿eso es una condición argentina o es una condición bastante más universal y humana? ¿Hubieran hecho esas mismas preguntas si esta película hubiera sido francesa o yankee?
Cuando uno ve algo de prensa internacional (debo admitir, soy lo suficientemente egocéntrico como para ver qué clase de repercusión internacional tenemos), o ve entrevistas a figuras públicas argentinas, siempre nota lo mismo: una "intensa preocupación" por la "situación difícil" de la Argentina. Una de las preguntas que se le hicieron a Szifrón partió de este punto, y siempre se dicen cosas como "pese a las limitaciones de presupuesto" o cosas así "es una gran película". Son este tipo de cosas las que me dan rabia a mí.
Relatos Salvajes no es una película de bajo presupuesto. Tiene a las principales estrellas cinematográficas argentinas en cartelera (Darín y Sbaraglia). Tiene explosiones (en la historia de Bombita y la de los que se pelean en la ruta). Tiene escenografías diversas y bien logradas (el puente en Salta, la casa de San Isidro, el salón lujoso de Érica Rivas, las calles porteñas, e incluso el restaurante de ruta, aunque sea minimalista). TIENE UN AVIÓN ESTRELLÁNDOSE EN UNA CASA.

Y fue producida por Almodóvar, no nos olvidemos.

Es una buena película con buen presupuesto, un blockbuster en toda la letra. Claro no tiene los millones de una película yankee, pero ¿qué película los tiene? Los yankees inflan presupuestos enormemente en su cine, pero es porque lo enfocan como una industria muy lucrativa a nivel mundial, con actores que cobran cuotas hiperbólicas, y efectos especiales absolutamente innecesarios.
Creo que hay un fetiche acá. Argentina no puede ser un país normal. A pesar de ser uno de los países con mayor IDH en el mundo, con una de las poblaciones más capacitadas, más tecnológicamente desarrollados, y mejor educados a nivel mundial, en las perspectivas internacionales (y también muchas nacionales) Argentina tiene que estar en crisis. Es una expectativa normal en el mundo acerca de nuestro país. De alguna manera, Europa y EEUU tienen que ser mejores que nosotros. Y como, honestamente, la pobreza en nuestro país no llega ni de lejos a la de muchos de nuestros vecinos, ni ésta es tan terrible, siempre tenemos que estar "en crisis" o "viviendo una situación difícil", o ser "una sociedad violenta".

Por supuesto, si uno ve la prensa amarilla de siempre, Argentina siempre está en su "peor momento". Además, los argentinos somos extremadamente críticos de nuestro país y del mundo, y somos además muy exigentes con respecto a lo que nos "merecemos como país". Pero, joder, hoy por hoy somos uno de los países más ricos del mundo, y sin tener que explotar a otros (como el "primer mundo"). Tenemos leyes que amparan a las identidades sexuales y de género, y las habilitan para casarse y adoptar hijos. Tenemos universidades, escuelas y hospitales gratuitos. Existen planes sociales para atender a las personas en estados deplorables, se trata el SIDA gratis, y una pareja que no sea rica puede acceder a un tratamiento de fertilidad en caso de no poder concebir. Tenemos una presidente mujer. Y es la segunda que tenemos (por más que la primera haya sido un títere y un desastre).

Tenemos problemas de pobreza, sí claro. Tenemos problemas sociales, ni hablar. Inseguridad, ponele (creo que no es tan grave como se suele pensar, aunque no niego su existencia). Pero si uno se fija en la peli, no es ni a gancho una peli centrada en problemas netamente argentinos, sino universales y tratados al modo argentino: con un cierto humor, un cierto tipo de lenguaje, unas características físicas específicas, pero de todos modos universales, tales como la burocracia, la corrupción, el clasismo, la violencia, la infidelidad. No habla de los temas que habla TN, ni de lo que usualmente hablan los medios internacionales. No aparece el Papa, ni Maradona, ni siquiera una referencia a Perón o a la Dictadura. No es un cliché, es un relato universal. No es una película partidaria.

Argentina tiene una larga tradición política. Una extensa, inabarcable y heterogénea cantidad de discusiones violentas, enconadas, hiperbólicas acerca de la "situación actual". No es un país perfecto, bajo ninguna circunstancia. Tiene sus problemas, y siempre los ha tenido. Algunos cuantos los hemos solucionado bastante (como el machismo inherente de la sociedad, la homofobia, el racismo, el fanatismo religioso, la moral retrógrada), aunque aún tenemos cuentas pendientes con ellos, y tenemos algunas situaciones sociales complejas, como el éxodo hacia las ciudades, la repartición de la riqueza, el clasismo. Pero en lo que va del siglo, hemos avanzado mucho también, a pesar de cualquier gobierno, de cualquier grupo económico.

Dejemos de fetichizar nuestra "situación": no estamos en crisis, ni somos un país poco serio, ni somos tampoco la utopía. Y a aquellos que miran desde afuera, por favor, dejen de lado el paternalismo. No se "preocupen" por nosotros. Preocúpense por ustedes mismos, por cómo ser países ricos sin explotar a los países pobres, por cómo no ser racistas, ni homófobos, ni machistas. Por cómo solucionar sus propios problemas de pobreza.
Y si quieren mirarnos, hagan como Grecia, e interésense por conocernos, así como nuestras experiencias de verdaderas crisis, y los aciertos y errores que tuvimos entonces para salir de ellas. No necesitamos su compasión, necesitamos su respeto.

viernes, 15 de noviembre de 2013

'Los desposeídos', la hipocresía y la libertad. -Incompleto.-

Ok. Acabo de terminar de leer Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, y a pesar de mis prejuicios contra la autora (me había aburrido de sobremanera la saga de Terramar), creo que me causó un enorme torrente de cuestionamientos y preguntas internas, por no decir un considerable shock cultural.
Breve reseña para los que no lo han leído: Los desposeídos es una novela de ciencia ficción blanda, y con esto no quiero decir que descuide la parte científica, sino que definitivamente no es su prioridad (probablemente esto sea un punto fuerte; ¿alguno recuerda la impresión anacrónica y ridícula que dan las supercomputadoras de Asimov?), sino que se interesa más en una historia a contar. Y vaya historia. Dos mundos contiguos: Anarres y Urras, en el sistema Tau Ceti, enfrentados ideológicamente. Anarres es, esencialmente, una antigua colonia minera de Urras, su "luna" de un tamaño similar al propio planeta. Ciento setenta años antes del momento de la historia, Anarres fue otorgada a una facción revolucionaria: los odonistas, anarquistas libertarios que protagonizaron una encarnada lucha de clases en el planeta natal, concretamente en la nación de Ao-Ío. Casi doscientos años después, un científico anarresti viaja como invitado de Ao-Ío a Urras, ya que ha desarrollado una teoría temporal que puede ayudar a suprimir el tiempo y el espacio y lograr comunicaciones instantáneas interestelares. Pero desencadena una serie de reacciones

La novela es lenta, pero progresa, y va desenvolviendo una complejidad notoria.

Crítica educada a Seinfeld

Es frustrante cuando uno no encuentra placer en algo que a mucha gente le gusta, sobre todo cuando uno aprecia a esa gente y respeta sus gustos. Concretamente, estoy hablando de Seinfeld.

Siempre me aburrió, o al menos desde que conocí el programa. Hasta hace dos días no había visto capítulos completos: desde que tengo cable, si veo que lo están pasando, no me detengo a verlo. Pero decidí darle una oportunidad. Después de todo, no podía ser tan malo si a mucha gente piola le gusta.

Así que vi la primera temporada. 


Me aburrió.

No es exactamente "malo", puedo entender de qué van los chistes, y por qué a alguna gente les causa gracia, pero a mi gusto, depende demasiado de las risas enlatadas para rematar chistes, que por otro lado me parecen obvios.

Asimismo, la alegación de que es una serie acerca de "nada" resulta inexacta: Es una serie acerca de neoyorquinos "superados" y snobs, que tratan de ser irónicos con situaciones cotidianas. Pero los personajes no me parecen particularmente buenos ni entretenidos, ni nada. Hablando de lo cual, no me trago a Kramer: me parece muy artificioso su supuesta excentricidad. Algo así como un Sheldon sin onda (que conste, de TBBT es el personaje más choto, a mi entender, ya que está completamente flanderizado- busquen en tv tropes).

Reconozco que el humor depende de la ironía, pero a mi juicio está demasiado cerca de la generalización banal. "Todos los hombres tal cosa, todas las mujeres tal otra", al menos, en la parte del Stand Up.

Por otro lado, el Stand up me parece imbancable. No me parece un buen género de comedia; existen buenos cómicos que hacen Stand Up, pero serían mejores haciendo otras cosas. Esto, de cualquier manera, es debatible.

Más allá de esto, comprendo que en su momento fue una especie de ruptura para la tradición de comedia yanqui, que sentó bases para las actuales sitcoms, y que en contexto se lo puede apreciar como vanguardista. Pero el producto final no me parece la gran cosa. Original en su momento, demodé ahora. Y no hay que olvidarse que existían otras tradiciones humorísticas muy desarrolladas y rupturistas que no necesitaban la sitcom: recordemos que mucho antes ya existían Monty Python en Gran Bretaña,
y Boris Vian en Francia; y contemporáneamente, Cha Cha Cha y los monólogos del Perro, el personaje de Posca, en Argentina, Leo Maslíah en Uruguay . Mejores personajes, absurdo e ironía fina muy desarrollada, muchos estilos y diversidad de comedia. Así que vanguardista en un sentido muy limitado.

En fin, Seinfeld me resulta de esos plomazos que veía gente de clases medias-altas con acceso a cable, que encontraba alguna referencia en común a partir de la serie. Su principal atractivo fue su originalidad, pero este valor por sí mismo no dice demasiado -yo puedo hacer cuadros con soretes como pintura, pero eso no quiere decir que sea algo necesariamente bueno. Tal vez sea demasiado demoledora esta metáfora, pero se entiende. digamos: podría pintar emoticones sobre una pantalla vieja de computadora con un fibrón, y no dice demasiado.

Resultado final: mediocre. No más de una o dos sonrisas en toda la temporada.